blog - artículos, entrevistas, reportajes y crónica de marta jiménez

EXITUS

El nombre de la primera novela de Antonio Luque –escritor, bloguero y cantante que responde al nombre de Sr. Chinarro– detalla con gran precisión las muchas salidas vitales que trazó en su concierto, en el patio de columnas de Viana, el pasado sábado noche. Fue el último de un ciclo alentador, diseñado por Fernando Vacas, que esperamos se reproduzca pronto por sus precios populares, sillas a lo cine de verano, faroles y buganvilla como decorado de mucha finura, irónica y melancólica, en este cierre.

Chinarro, alto, grave, barbudo, canoso y solo parecía haber bajado de Las Ermitas cargado con su guitarra con el único objetivo de disparar canciones llenas de intención. De ¡Menos samba! , su disco 12, sonaron muchas. Letanías pop que van del derecho al roce a la ley de Murphy como ideología y que, en general, han saltado del modo triste de ver la vida al modo de alguien que ha encontrado su lugar en el mundo. Chinarro se explica a sí mismo de esta forma con, por ejemplo, La plaga , unas sevillanas-protesta en las que no se avergüenza de tirar del folclore andaluz para demostrar que con él se puede ir más allá de lo rancio. Hubo otras, principalmente de Presidente Ronroneando, aunque también avistamientos de El mundo según El fuego amigo ; sobrevino el violonchelo del cordobés Antonio Fernández en las finales aportando aún más gravedad a las melodías, y vimos partituras volar por un patio lleno de chinarristas.

El público fue como «una presencia en un concierto raro», en palabras del compositor andaluz más raro. Aún más lo fue cantar delante de la paloma de Cajasur –¿es necesaria la visible iconografía del pasado cuando han llegado los buenos tiempos para la lírica a la Fundación?–, aunque de lo más natural hacerlo sin ninguna clase de aparataje para que pudiésemos bucear de lleno por las letras rescatadoras de este poeta del pop. Chinarro, «un número uno» según su amigo J de Los Planetas, estuvo sembrado haciendo la más exacta definición de Córdoba que recuerdo: «La ciudad mola. Parece un decorado. Supongo que eso es bueno». Ay. Menos mal que aún quedan exitus .

EL INSURRECTO

Verano del 89 en La Axerquía ¿O era primavera? Los tíos se colaban saltando la valla de piedra con una litrona en la otra mano, mientras que nosotras, también con litrona, pagábamos religiosamente las 300 pesetas de la entrada –¿o eran 500?– por miedo al ridículo. Sobre el escenario de una noche memorable, sin decorados pintados ni jaulas ni cacharrería hidráulica, Manolo García y Quimi Portet lo dieron todo en un primer concierto en Córdoba que aún perdura en su memoria y en la nuestra. Aquel público caliente de los ochenta hizo que García se derramase encima litros de cerveza, que sacase un saco con 20 kilos de plumas con las que formó una nube surrealista en un teatro en el que acabó tirándose en plancha sobre los primeros de la fila. La felicidad de los recuerdos es proporcional a las bondades de las mentiras de la nostalgia.

Verano de 2012. Manolo sin Quimi, exRápido, exBurro y exUltimo de la Fila, reaparece en el mismo teatro al aire libre entre cuyas gradas ya no crece la hierba. Y es que los días ya no pasan intactos por mucho que se empeñe. Todo es más civilizado: sillas de plástico que nadie entiende en la clase preferente, excesivo personal de seguridad, hombres con mochilas cargadas de cerveza a 3 euros el vaso y un entusiasmo más soft , aunque entusiasmo, que aquel pseudopunki ochentero. La primera es un rebuzno de amor: Disneylandia. Touché. Todo se vuelve salvaje otra vez aunque nadie la cante. La memoria se llena de plumas de pollo por mucho que la versión haya perdido su base electrónica ¿Realidad o ficción? Solo Aviones plateados, A veces se enciende Insurrección nos devuelven, durante las casi tres horas de concierto, a la ficción de ese pasado que hoy es carne de tributos.
En el teatrito de Manolo esta vez hay de todo: público hasta la bandera y 7 cámaras que ruedan una película del concierto porque «este de Córdoba va a molar», según los augurios del músico. Pero al final no moló tanto por culpa de un sonido pastoso y malo, y otro sonido Manolo que se convierte en demasiado repetitivo por mucha generosidad y buen rollo marca de la casa que le ponga. El cantante trepa entre el graderío, llama a las filas de la insurrección y llena de alegría y energía el suelo que pisa, aunque algún arreglo electrónico a lo Tecnotronic y la bailarina de las sombras chinescas den algo de vergüenza ajena.
La mayoría, canciones de sus discos en solitario (Sombra de tu palmera, Para que no se duerman mis sentidos, Somos levedad, Sobre el oscuro abismo en que te meces Pájaros de barro con 5.000 palmeros acompañando). Sonrisas, risas y muchos flashbacks. Es lo que tiene la magia de este cantante que ama a la Córdoba de las mezquitas junto a las incoherencias de una espectadora nostálgica que solo quería escuchar canciones de El Ultimo.

DRAMA QUEEN

Falete llegó conduciendo su coche hasta Córdoba. A las 11.11 pudo contarlo desde el escenario de La Axerquía: “Me he sacado el carnet”, reveló una vez finalizado el episodio del reality televisivo en el que participa y que se emitía esa misma noche, las del viernes. A lo que una de las entregadas le soltó de lo más encendida: “Falete, llévame en el coche”. Pero no fue sobre ruedas cómo nos condujo el cantante a los territorios más desgarrados de la existencia, sino a través de una tragicomedia verdaderamente inenarrable. Falete es un huracán que debe arrasar, al menos una vez, la vida de cualquiera. Igual que la prensa americana decía de Lola Flores, no se lo pierdan.

Maquillaje, rímel, uñas postizas, moldeador y pasador en el pelo, botas de tacón y un poncho de Manila multicolor, que recordaba a su admirada Chavela, para poner en escena una primera parte llena de boleros y baladas apasionadas. Aunque daba igual el género, todo lo que tocó lo convirtió en copla. Ahí estuvo “Tengo miedo” que levantó al público en emocionada ovación a la segunda canción porque no se puede cantar mejor. Lo de Falete no es ninguna broma y verlo sobre un escenario es comprobar que la copla es la verdad de la vida. Al menos de la suya. Él se cree lo que canta, lo que cuenta y lo que interpreta, convirtiendo cada tema en micro-óperas flamencas, en autobiografías de tres minutos. Se da golpes en el pecho depilado, mueve el abanico, mira a los ojos de la platea y se quita el micro de la boca para cantarle a pelo al teatro al aire libre con un torrente que llega a la cima de la Colina de los Quemados. Sin trampa ni cartón, Falete es lo que parece. Una diva de la copla que innova sin intentarlo desde el flamenco queer con Lola Flores, Rocío Jurado y Bambino como dioses de su tablao de la gloria.

“¡Pareces una mora de Córdoba!”, le gritó otra del respetable en el primer cambio de vestuario, cuando apareció Falete de rojo con lentejuelas. Mientras tanto, nos había bailado un talentazo joven llamado José María Viñas y tras él, el cantante siguió con sus amores y penas “de las güenas”, dedicándole cariño a su anfitrión en Córdoba, el maestro Mondejar y desmigando un repertorio que acudió muy poco a sus discos. Con “empaque de emperaora” se despidió de negro con “Ay pena, penita, pena”, deconstruyendo ese microcosmos tan auténtico de pluma gitana y grandeza absoluta.